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EL LLAMAMIENTO Tal vez existan otros riesgos de los que, en nuestra impericia, aún no somos conscientes. Todos y cada uno representan una trampa dispuesta para la especie humana, una trampa tendida por nosotros mismos. Por fundadas y excelsas (o ingenuas y miopes) que hayan sido las justificaciones de las actividades que trajeron tales peligros, estas actividades amenazan ahora a nuestra especie y muchas otras. Estamos a punto de cometer -muchos dirían que ya estamos cometiendo- lo que en lenguaje religioso se califica a veces de “Crímenes contra la creación”. Por su misma naturaleza, estas agresiones al medio ambiente no han sido sólo obra de un grupo político o de una generación. Intrínsecamente, son multinacionales, multigeneracionales y transideológicas. También lo son todas las soluciones concebibles. Para escapar de esta trampa hace falta una perspectiva que englobe a los seres humanos del planeta ya las generaciones futuras. Desde el principio, es preciso reconocer que unos problemas de tal magnitud y unas soluciones que exigen una perspectiva tan amplia poseen una dimensión tanto religiosa como científica. Conscientes de nuestra responsabilidad común, nosotros los científicos -comprometidos muchos en la lucha contra la crisis medioambiental- apelamos urgentemente a la comunidad religiosa internacional para que se consagre, en palabra y obra, y tan enérgicamente como se requiere, a la preservación del medio ambiente de la Tierra. Algunos de los remedios a corto plazo de estos peligros -como una mayor eficiencia energética, la rápida prohibición de los clorofluorocarbonos o una reducción modesta de los arsenales nucleares- resultan relativamente accesibles y en alguna medida están ya en marcha; pero otros enfoques más amplios, a más largo plazo y más eficaces tropezarán por doquier con la inercia, el rechazo y la resistencia. En esta categoría figuran el paso de una economía basada en los combustibles fósiles a otra centrada en una energía no contaminante, la inversión rápida y persistente de la carrera de armamento nuclear y una interrupción voluntaria del crecimiento de la población mundial, sin cuya consecución quedarán anulados muchos otros enfoques de la conservación del medio ambiente. Como en las cuestiones relativas a la paz, los derechos humanos y la justicia social, las instituciones religiosas también pueden representar aquí una fuerza sólida que estimule iniciativas nacionales e internacionales, tanto en el sector público como en el privado y en las diversas esferas del comercio, la educación, la cultura y los medios de comunicación de masas. La crisis ambiental requiere cambios radicales no sólo en la política oficial, sino también en la conducta individual. Los antecedentes históricos ponen de manifiesto que las enseñanzas, el ejemplo y la dirección religiosos son muy capaces de influir en el comportamiento y el compromiso personales. Como científicos, muchos de nosotros tenemos experiencias profundas de asombro y reverencia ante el universo. Entendemos que es más probable que sea tratado con respeto aquello que se considera sagrado. Es preciso infundir sacralidad en los esfuerzos por salvaguardar y respetar el medio ambiente. Al mismo tiempo, se requiere un conocimiento más amplio y profundo de la ciencia y la tecnología. Si no comprendemos el problema, es improbable que seamos capaces de solucionarlo. Tanto la religión como la ciencia tienen, pues, un papel vital que desempeñar. Sabemos que el bienestar de nuestro medioambiente planetario es ya motivo de profunda preocupación en concilios y congregaciones. Confiamos en que este llamamiento alentará un espíritu de causa común y de acción conjunta para contribuir a la preservación de la Tierra.
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